

En los últimos años, la evolución del calzado deportivo para correr ha estado marcada por el objetivo de mejorar la eficiencia del corredor y reducir el riesgo de lesiones, especialmente aquellas relacionadas con el uso excesivo o la fatiga muscular. A continuación, analizamos cómo distintos elementos de diseño —desde la estructura antipronación hasta la incorporación de placas de carbono— modifican la biomecánica de carrera, según la evidencia científica más reciente.
Uno de los enfoques tradicionales en la prevención de lesiones ha sido el uso de zapatillas antipronación. Estas están diseñadas con soporte medial, contrafuertes rígidos en el talón y entresuelas de doble densidad para limitar la pronación excesiva del pie, especialmente cuando el corredor se encuentra en estado de fatiga.
Diversos estudios han demostrado que este tipo de calzado modifica la cinemática del miembro inferior: reduce los ángulos de eversión del tobillo, aumenta los de inversión, y disminuye momentos articulares en zonas clave como la rodilla y la cadera. Por ejemplo, se ha registrado una reducción media de 3° en la eversión del retropié, lo que puede suponer una mejora significativa en el control articular durante el apoyo.
Además, este calzado favorece un aumento de la potencia positiva en la cadera (planos sagital y frontal) y reduce la potencia negativa en el plano transversal, lo cual mejora la eficiencia mecánica del gesto de carrera.
La fatiga muscular es un factor clave en la aparición de lesiones por sobreuso. A medida que avanza un entrenamiento o una competición, la técnica de carrera se deteriora, y aparecen alteraciones en el control motor como una mayor eversión del tobillo, rotación externa de la rodilla y mayor flexión de cadera.
Lo interesante es que estos cambios biomecánicos se producen independientemente del tipo de zapatilla utilizada, lo que subraya la importancia de considerar el efecto acumulativo de la fatiga al elegir un calzado. En este contexto, las zapatillas con cierto grado de control de movimiento pueden ofrecer una ventaja funcional al compensar parcialmente la pérdida de estabilidad inducida por la fatiga.
El surgimiento de las denominadas TARS (Technologically Advanced Running Shoes) ha revolucionado el calzado para correr. Estas zapatillas incorporan espumas con alta capacidad de retorno de energía y placas de carbono que incrementan la rigidez longitudinal de la suela.
Desde una perspectiva biomecánica, estas tecnologías modifican el patrón de pisada, favoreciendo un contacto más adelantado (mediopié o antepié) y reduciendo la carga sobre músculos como el sóleo o el peroneo largo. Por ejemplo, se ha documentado una disminución de hasta 1.84 veces el peso corporal (BW) en la fuerza articular del tobillo y más de 2.5 BW en la fuerza ejercida por el sóleo al comparar TARS con zapatillas minimalistas.
Lo más relevante es que estos beneficios no parecen aumentar la carga en la rodilla o cadera, algo esencial para corredores con antecedentes de lesiones en esas zonas.
Uno de los elementos clave en las TARS es la rigidez de flexión longitudinal (LBS), que se incrementa significativamente con la introducción de una placa de carbono curva. Este aumento de rigidez reduce la dorsiflexión máxima de la articulación metatarsofalángica (MTP), disminuye el trabajo negativo en esa región y en la cadera, y mejora la eficiencia energética del ciclo de zancada.
La placa actúa como un muelle que almacena y libera energía elástica, favoreciendo un desplazamiento más eficiente del centro de masa sin exigir más esfuerzo muscular. También se ha observado que ciertos niveles intermedios de rigidez (MLBS) mejoran el trabajo positivo del tobillo, mientras que rigideces excesivamente altas o bajas son menos eficientes.
La altura de la pila o stack height influye en la percepción de estabilidad y en el comportamiento dinámico del pie. Si bien un mayor stack suele mejorar la amortiguación, también puede generar inestabilidad en el tobillo, especialmente en corredores con menor control propioceptivo.
En cuanto a la coordinación de carrera, estudios recientes no encontraron que la altura de la pila afecte significativamente la variabilidad motora. En cambio, lo que sí impacta es la velocidad: a mayor velocidad, mayor variabilidad en el control del centro de masa, sin importar el tipo de calzado.
La economía de carrera, entendida como el gasto energético a una velocidad determinada, es uno de los indicadores más influidos por el calzado. Las TARS han demostrado mejorar la RE en un 2 a 4%, un margen muy relevante en contextos competitivos.
La mejora parece estar relacionada con una menor pérdida de energía en la estructura del calzado y una mayor rigidez longitudinal. Sin embargo, estos beneficios son altamente individuales: factores como la longitud del pie, la arquitectura del tendón de Aquiles o la percepción subjetiva de comodidad no predicen consistentemente quién se beneficia más.
La tecnología del calzado para correr ha evolucionado desde un enfoque correctivo (antipronación) hacia un modelo que busca optimizar la eficiencia biomecánica del corredor, especialmente mediante materiales avanzados y diseño estructural inteligente.
A la hora de elegir una zapatilla, es fundamental considerar no solo su diseño o sus características técnicas, sino también el contexto del corredor: su experiencia, técnica, historial lesivo y adaptación a distintos estímulos. La evidencia sugiere que no hay un modelo “perfecto” universal, sino que la clave está en encontrar el equilibrio entre rendimiento, estabilidad y comodidad percibida.
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